
03.11.09. Los países
desarrollados reconocen la necesidad de reducción de emisiones, pero
plantean que los subdesarrollados paguen algún costo. Los
subdesarrollados intentan sacar tajadas de la ayuda del Norte. El quién
es quién en las emisiones de carbono.
Los cinco días de febriles negociaciones en el
marco de la Conferencia Internacional de Cambio Climático de Naciones
Unidas se inauguraron ayer sin grandes sorpresas. Los negociadores de
más de ciento cincuenta países saben que trabajarán por la redacción de
un nuevo acuerdo mundial planetario o por la prórroga de Kioto, que
vence en el 2012, aunque bajo una consigna nueva que empezó a esbozarse:
muchas de las naciones subdesarrolladas tendrán que resignarse a hacer
un aporte y no sólo a esperar un auxilio de los países ricos para
afrontar el impacto del calentamiento. Al poner el foco en el maltrato
que la región infligió al medio ambiente, Argentina surge como una de
las principales agresoras, detrás de Brasil, México y Venezuela.
Mientras que los bosques plantados para alimentar a la papelera Botnia
hacen descollar a Uruguay como la de mejor conducta en la región.
Ya
lo dijo ayer la vicepresidenta primera y ministra del gobierno español,
María Teresa Fernández de la Vega, durante la apertura del
multitudinario evento que hasta el viernes tendrá lugar en el Centro de
Convenciones de Barcelona. “Los países industrializados debemos reducir
nuestras emisiones entre un 80 y 95 por ciento para el 2050. Pero de
manera adicional, los países en desarrollo deben invertir en un
desarrollo diferente, más limpio y resistente a los efectos del cambio
climático.”
Nadie discute que el Sur del planeta es víctima del
efecto invernadero que generó el Norte, juicio plasmado en el protocolo
de Kioto y que inspiraría un nuevo acuerdo para limitar la contaminación
planetaria, costos incluidos. Pero del mismo modo, todos descuentan que
grandes economías emergentes como China, India, Sudáfrica, Brasil o
México no pueden sentarse a recibir dinero del Fondo de Adaptación a
nutrirse con aportes públicos y privados de los países ricos sin hacer
algo a cambio.
China ya mostró que está dispuesta a disminuir la
contaminación que genera su economía en gran medida basada en carbón,
aunque a condición de que se firme un acuerdo global que comprometa a
los Estados Unidos. México fue más osado. Como país que vive de los
hidrocarburos, prometió recortar a la mitad su emisión de carbono, pero
exige para ello un auxilio financiero de 6000 millones de dólares, aún
no se sabe si reintegrable o como simple subvención. A sabiendas de que
la comunidad internacional no lo eximiría de un aporte, Brasil también
arremetió con una oferta basada en la conservación de los bosques
amazónicos.
Comprensiblemente, en otro lugar está Africa, que actúa
como un bloque compacto que sólo demanda: pidió un paquete de 60 mil
millones de dólares por año de aquí al 2020 para poder enfrentar las
consecuencias del calentamiento, sin asumir compromiso alguno de mermar
la contaminación. Ni hablar de los miembros de la Opep (incluida
Venezuela), que pretenden alguna indemnización por la denigración que
están sufriendo los carburantes fósiles.
Los brasileños, como los
argentinos, se integran al grupo conocido con las siglas de Redd, en el
que están inscriptos casi todos los subdesarrollados. Esencialmente, lo
que este núcleo postula es que las naciones que conserven sus bosques
deben recibir una retribución económica por ello. Desde el punto de
vista técnico tiene su fundamento. La Convención de Naciones Unidas para
el Cambio Climático (órgano que cobija a estas deliberaciones) estimó
que la deforestación contribuyó al 20 por ciento de las emisiones de
carbono de la década del ‘90 y que, hasta el 2005, la tala seguía al
“alarmante ritmo de 13 millones de hectáreas por año”.
Los bosques
son un excelente recurso para quitar el C02 de la atmósfera y su tala
anula esa fuente de depuración natural. De ahí el interés global en
preservar pulmones como el Amazonas. Y de ahí el justo afán de los
países que tienen ese tesoro en obtener algún rédito por su
preservación.
La promoción forestal que hizo Uruguay hace unos años con miras a la exportación, pero que luego le permitió seducir a una papelera como Botnia por la disponibilidad de insumo, la dejan bien parada en el ranking de contaminadores: es la única carbono positivo de Sudamérica. México y Brasil son los malos de esta película, secundadas, aunque muy, muy lejos en su poder dañino, por Venezuela y Argentina. Las cuatro son responsables del 70 por ciento de la contaminación de Latinoamérica y difícilmente puedan eximirse de cumplir algún plan de mitigación a su costo. Con o sin posibilidades de recuperar ese dinero a través de la ayuda que los desarrollados están comprometiéndose a brindar al Sur.
Fuente: Página 12










