10/12/08. El calentamiento global abre la oportunidad
de inducir los cambios necesarios en pos de un mejor orden, también
para los pobres que, con o sin cambio climático, son los perdedores del
mañana, afirma en esta columna el economista Marcel Claude.
El mundo enfrenta una crisis económica de envergadura que dice relación con prácticas financieras incorrectas que han canalizado enormes recursos hacia la especulación. Esto acarreará, entre otras cosas, una relajación de las medidas para reducir los nocivos impactos sobre el calentamiento global.
No obstante, bien vale hacer presente
los efectos económicos que este fenómeno global tendrá en la sociedad
humana, con el fin de evitar decisiones que puedan agravar la situación
de penuria económica que siempre está presente en la conciencia
universal.
Una cantidad creciente de evidencia práctica y
teórica indica que el estado climático global ha sido perturbado por la
expansión económica, porque desde el comienzo del siglo XVIII, la
sociedad moderna inició el uso masivo de combustibles fósiles como
carbón, petróleo y gas, que poseen grandes cantidades de carbono
liberado a la atmósfera en el proceso de combustión.
La
evidencia científica indica que la temperatura aumenta y muestra una
tendencia al calentamiento de 0,6 grados. Hoy sabemos que el nivel
actual de gases de efecto invernadero en la atmósfera equivale a unas
430 partes por millón (ppm) de dióxido de carbono, en comparación con
las 280 ppm estimadas para el período anterior a la Revolución
Industrial.
La Unión Europea (UE) calcula que los rendimientos
agrícolas podrían caer entre 1,9 por ciento y 22,4 por ciento en el
horizonte del año 2080 en los países del sur de Europa, y pronostica
para entonces unas 86.000 muertes anuales adicionales en el conjunto
del bloque, a causa del calor.
En Wall Street se cree que un
huracán tan destructivo como el Andrew (1992) que golpeara a Miami,
representaría daños equivalentes a un tercio del capital del sector de
los seguros contra accidentes.
La Organización de las
Naciones Unidas prevé que las sequías afectarán mayormente a la
población desnutrida del mundo, calculada en unos 830 millones de
personas, que se compone de pequeños agricultores, ganaderos y
trabajadores de granjas.
Las proyecciones para las áreas del
este de África que dependen de las lluvias, que ya están sufriendo
sequías y hambrunas, indican pérdidas potenciales de rendimientos de 33
por ciento para el maíz.
Doscientos millones de personas se
verán desplazadas por el aumento del nivel del mar y se estima la
desaparición de un sexto de la población mundial, es decir, 1.000
millones de habitantes. Así también podría desaparecer entre 15 y 40
por ciento de las especies, y las poblaciones de peces se verían
severamente amenazadas.
Los pobres del mundo serán los más
afectados, y el cambio climático constituye una seria amenaza a la
posibilidad de reducir la pobreza.
Según el Instituto Alemán
de Investigación Económica, las catástrofes naturales de los últimos 10
años han causado daños equivalentes a más de 330.000 millones de
dólares. Esta cifra es seis veces superior a los daños registrados hace
50 años, y los costos para las aseguradoras se han multiplicado 10
veces en ese lapso.
El Informe sobre la Economía del Cambio
Climático, realizado por Nicholas Stern, ex economista jefe del Banco
Mundial, sostiene que el costo de la inacción sería de entre cinco y 20
por ciento del producto interno bruto (PIB) mundial. El calentamiento
climático sería más dañino que la Primera o la Segunda Guerra Mundial,
y podría despertar una crisis equivalente a la gran depresión de 1930.
Según Stern, cuatro son las formas de bajar las emisiones de gases
invernadero: reducción de la demanda de bienes y servicios intensivos
en emisiones, aumentar la eficiencia energética, evitar la despoblación
forestal y usar tecnologías más bajas en emisiones de carbono.
Esto podría crear nuevas oportunidades en una amplia gama de industrias
y servicios ya que, para 2050, es probable que los mercados de
productos energéticos bajos en carbono tengan un valor mínimo de
500.000 millones de dólares anuales y más.
Por otra parte, la
erradicación de las ineficiencias energéticas abriría oportunidades de
ahorro a las empresas, eliminaría los subsidios que producen señales
económicas equívocas y que cuestan anualmente a los gobiernos del mundo
unos 250.000 millones de dólares, además de reducir el costo por
enfermedades y mortalidad debidas a la contaminación del aire.
Uno de los principales instrumentos económicos que propone Stern es el
establecimiento de un precio para el carbono, mediante la imposición de
impuestos o regulaciones.
En términos económicos, los gases
invernadero son una externalidad negativa, es decir, quienes producen
emisiones de gases invernadero están contribuyendo al cambio climático
e imponiendo un costo no menor al mundo y a las futuras generaciones,
sin que por ello tengan que hacer frente plenamente a las consecuencias
de sus acciones.
La asignación de un precio apropiado al
carbono --a través de un impuesto, por ejemplo-- significaría hacer
pagar a los emisores de dióxido de carbono el costo que le traspasan al
mundo.
Otras medidas que propone Stern tienen relación con
políticas que apoyen el desarrollo de una gama de tecnologías altamente
eficientes y bajas en carbono, así como políticas orientadas a eliminar
las barreras al cambio de prácticas y costumbres, como aquellas que
impiden el uso masivo de energías renovables.
Lo interesante
es que, a pesar de los enormes costos que estima Stern, no hay una
mirada catastrofista, y sostiene que reducir las emisiones de dióxido
de carbono ahora representaría un costo de solo uno por ciento del PIB.
El calentamiento global es un problema grave, pero también nos abre
oportunidades para inducir los cambios necesarios en pos de un orden
mejor y más seguro, no sólo para el 10 por ciento más rico de la
humanidad, sino también para los pobres, que, en las actuales
circunstancias, con o sin cambio climático, son los perdedores del
mañana.
Fuente: Tierramerica












