27/05/09. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Es que hasta que llegó al poder en 2005, la izquierda uruguaya solía demonizar cada vez que se le presentaba la ocasión a la inversión extranjera. ¿Cómo olvidar a sus dirigentes, devenidos hoy en funcionarios de gobierno, llamando a cerrar el paso a las "transnacionales" que llegaban al país para chuparnos la sangre y quedarse con nuestras riquezas? ¿Cómo olvidar que despotricaban contra la extranjerización de la tierra, contra cualquier intento de conglomerados extranjeros de ingresar en áreas estratégicas de la producción local, contra la posibilidad de asociar al Estado uruguayo con poderosos grupos internacionales para prestar mejores servicios públicos?
Eso hacían. Y eso decían. Pero bastó que llegaran al gobierno para que el discurso de la mayoría de la dirigencia frenteamplista cambiara. Fue entonces que aquellos dirigentes comenzaron a viajar por el mundo para buscar inversión extranjera. Los mismos que antes criticaban lo mucho que viajaban los gobernantes blancos y colorados empezaron a percibir que pasaban más tiempo en aviones, hoteles y aeropuertos que en sus despachos. Ellos estaban generando, decían, la mayor ola de inversión extranjera que Uruguay habría recibido jamás en su historia. Y eso, que antes hubiera sido un pecado, ahora era exhibido como un logro progresista.
Pero más allá de la inflación de pomposos anuncios, la realidad es muy otra. Miremos el ejemplo del puerto de Montevideo. El gobierno dijo que una docena de grupos internacionalmente reconocidos se presentarían al llamado que esta administración realizaría para subastar la construcción y explotación de una segunda terminal de contenedores. ¿Qué pasó? Que tras años de debate estéril el gobierno le pasó la pelota a la próxima administración. La subasta se postergó, en el mejor de los casos, para 2010, y El País ya ha anunciado que algunos gigantes mundiales del sector que estaban esperando por Montevideo mudaron sus inversiones a Argentina.
¿Y en el sector forestal? La única inversión concretada, que es la de Botnia, se gestó durante el gobierno de Batlle. Pero este gobierno dijo que tendríamos cinco plantas de celulosa, porque a la levantada por la finlandesa le sumaba las de ENCE, Stora Enso, Portucel y Nippon Paper. ¿Qué pasó? ENCE ya puso pies en polvorosa y cualquiera diría que se rió del gobierno durante años. Stora Enso ha dicho que se tomará 18 meses para resolver si hace o no su planta (¿usted cree que si gana Mujica la va a hacer?). Y de Portucel y Nippon Paper, más allá de grandilocuentes anuncios oficiales con algún ministro como protagonista estelar, nada más se supo. Ni se sabrá.
¿De qué ola de inversiones hablan? Seguro que no de las que se hayan concretado a partir de los muchísimos periplos oficiales por el mundo. Más bien sería hora que la izquierda reconociera que la inversión que mantiene al país caminando es la que todos los días, en silencio y con menos boato y anuncios, hacen los empresarios que ya están radicados en este país. Porque son ellos los que, aunque sean mala palabra para la izquierda dominante, mantienen el país funcionando y generan los recursos que le permiten a este gobierno gastar lo que se va cada mes en "gasto social".
Para colmo, ahora el precandidato oficial del Frente Amplio y "su banda" asustan a ese empresario hablando de terminar con las Afaps y las zonas francas, de erradicar el secreto bancario, de votar nuevas leyes laborales que acorralen a los empresarios y de entregarles más poder (o sea todo el poder) a los trabajadores.
¿Dónde iremos a parar?
Fuente: El PAÍS









