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01.09.08
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Información
forestal del Uruguay.
Curso errado
sobre la tierra.
Es ilógica y
errada la decisión de prohibir a extranjeros y
sociedades anónimas tener campos en la frontera con
Brasil y Argentina, anunciada por el ministro de
Ganadería y Agricultura, Ernesto Agazzi. Desde el punto
de vista conceptual, el proyecto de ley en ciernes
contraría frontalmente la política del gobierno de
atraer inversión externa productiva. La arremetida
contra las sociedades anónimas ataca además un elemento
de nuestra estructura jurídica. Y desde el punto de
vista práctico, tiene dos debilidades notorias. Por un
lado, su viabilidad es más que improbable. Por otro, el
combate a los males que se presentan como excusa para la
medida debe encarrilarse por vías que están disponibles
y que solo requieren mejorar su eficiencia.
El interés extranjero por tierras uruguayas, no solo
argentino y brasileño sino también de empresas de Nueva
Zelanda y países europeos, ha multiplicado hasta cinco
veces su valor. El resultado ha sido el ingreso de
cuantiosos capitales y ventas redituables para
productores rurales que antes le sacaban magro beneficio
a sus campos. Nada hay de malo en esto, por más que en
los últimos siete años haya cambiado de manos el 31% de
la superficie agropecuaria. Al contrario, se ha
tecnificado y aumentado agudamente la producción
exportable.
Agazzi argumenta que las restricciones están dirigidas a
frenar el contrabando y evitar el ingreso de
enfermedades y virus, como nos pasó en 2001 con la
epidemia de aftosa (episodio que nada tuvo que ver con
la propiedad de la tierra). Del contrabando se culpa a
propietarios extranjeros de campos a ambos lados de los
1.578 kilómetros de frontera con nuestros dos grandes
vecinos, tanto de animales como de soja que traerían
desde Argentina productores de ese país para exportarla
como si fuera uruguaya y eludir así las retenciones que
les impone su gobierno. Pero el contrabando se combate
con vigilancia más efectiva y no con que los campos
estén a nombre de propietarios uruguayos, reales o
ficticios, que además también pueden ser tentados por el
comercio ilícito. Igual razonamiento se aplica al
ingreso de enfermedades, solo evitable con controles
sanitarios más adecuados y eficientes.
¿Y qué hacer con los millones de hectáreas que ya están
en manos de extranjeros y sociedades anónimas? Agazzi
explicó que se “dará tiempo para que se nacionalice la
propiedad” de la tierra en zonas limítrofes. Pero ¿quién
las va a “nacionalizar”? ¿Las comprará el Estado a los
actuales precios de mercado? ¿Le dará prestamos el
Estado a particulares para que las compren? ¿Las
expropiará lisa y llanamente? Son preguntas prácticas
que tornan imposible la aplicación de esa eventual ley,
salvo que se conculquen derechos de los propietarios
extranjeros, en abierta violación al estado de derecho y
con decidido ataque a la política de atraer inversiones
que este mismo gobierno ha llevado a la práctica.
La lucha contra la propiedad extranjera de tierras viene
de larga data. La promovía el nacionalista Carlos Julio
Pereyra, cuya bandera ha sido recogida por el ex
ministro de Ganadería, José Mujica, y su sucesor. Pero,
como explicamos con fundamento en este editorial, es un
curso plagado de vicios y argumentos endebles, que la
administración del presidente Vázquez debe frenar por el
bien del país.
Fuente:
Diario El Observador
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